Elección
Desde la infancia se impone al ser humano una serie de metas que debe cumplir, cosas que debe realizar obligatoriamente para que su vida tenga un mínimo sentido, para que su paso por el mundo no sólo se refleje en el olvido que a todos nos espera. Se esfuerzan en guiarnos hacia cómo deberíamos ser, hacia lo que se debe hacer, cómo hay que hacerlo y cuando. Un plan de vida necesario por el que discurrir mansamente. Así, se ignoran los propios deseos y los dones quedan ahogados entre la mediocridad que adormece a los sentidos y las recompensas efímeras. Se obliga a olvidar la raíz para centrar la vida en lo accesorio.
Los caminos que divergen son cercenados o deminizados. Por eso yo quiero hablar de elección. Una elección que sólo existe en un ambiente de libertad, de tolerancia, en un medio que sea permeable, flexible y en el que las ideas no supongan un desafío sino un enriquecimiento. Hablo de aquello que define al ser humano y que se intenta cuadricular a la medida de un mundo completamente vacío.
No me valen esta “libertad” y “tolerancia” de cartón con las que se visten las palabras con más intenciones que fondo o convicción. No me valen este sistema y su sociedad intransigente; sociedad más pendiente de juzgar los actos que aprender de ellos, más rígida y excluyente a medida que se regocijan en su propia alienación, pero con palabras y máscaras bonitas para cumplir con sus deberes cívicos.
La vida no está ceñida a un sólo cauce, porque no todos buscamos en la vida las mismas cosas ni creemos en idénticas maneras de lograr las mismas metas. Por eso yo incido en el derecho de quienes no quieren una vida prefabricada, de aquellos que quieren crear el camino con sus propios pasos, de quienes encuentran en los deberías una cárcel para sus propósitos, un cepo más sin salida. Pero reparo también en el derecho de seguir lo establecido, de moverse con sus valores y sus estrictas formas de conseguir las cosas.
Nada debería imponerse, sólo la información para tener la capacidad de elegir.